Postales Desnudas

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La primera postal llegó un día lluvioso, con el viento del pasillo soplando con toda su fuerza. Traía tu olor, tu ausencia y todo tu odio. Yo sentía cómo el frío que enviaste en cada palabra me inundaba los ojos. Esa noche te escribí, como nunca lo había hecho. Te dibujé a palabras con la tristeza gris que pintaste con tus letras.

Con el calor de un verano inexistente te envié una respuesta más cálida a tus frías palabras, tratando de que el recuerdo de algún momento, recuperara el espacio perdido en tu corazón. Pero no.

La segunda postal llegó desnuda, sin un sobre que la envolviera. Yo recordaba la noche en que me dijiste que las postales desnudas eran la forma más vulgar de expresar un sentimiento, dejando a la vista de todos las palabras exclusivas. Se veía nieve en ella y con cada palabra, sentí que en mi interior el invierno llegó.

Frío, perplejo y sin razón quedé. Así como son los inviernos. En tonos azules empecé a imaginarme tu final. Y sabes cómo se me dificultan los finales. Pero poco a poco, como los ríos azules que pintan los niños en el preescolar, fueron fluyendo las palabras para dejarte ir.

Mi postal de respuesta iba sin ropa a tu casa. Así como muchas veces llegaste tú a la mía. Pero esta vez no había ni una pizca de deseo que nos uniera. Así que los besos fueron en la frente como despedida, los abrazos fueron lejanos como cuando se desconocen los cuerpos, los suspiros fueron de resignación y las palabras usadas para decir adiós.

Cuando quisiste recuperar la calidez, enviaste una postal vestida. Con un sobre pintado a mano y tu caligrafía perfecta describiendo mi sonrisa. Las letras fueron tratando de hilar una alegría, pero el hielo con el que habías recorrido mi interior hizo que esta no se hiciera realidad.

Decidí no responderte, no iba a caer en ese juego insulso de vestir y desnudar postales que terminarían rotas en cualquier caneca de basura. Decidí desnudar mis letras ante el resto del planeta y no mostrarte nunca más debilidad.

Volviste con tu última postal, traías las llaves que alguna vez te entregué. Abriste en silencio para sorprenderme y la sorpresa te la llevaste tú. Desnuda, sobre mi cama, no encontraste una postal, suspiraste y lloraste lo que posiblemente no habías sido capaz. Saliste, dejando en el silencio del pasillo lo que traías entre manos: una postal vestida que anhelaba el momento de volver, cuando en mi cabeza del olvido habías sido la protagonista desde hacía mucho tiempo atrás.