Pecas

La primera vez que la vi me detuve a sentir el aroma de su pelo, pese a que mi sentido del olfato era el peor de todos, pese a que sabía que en algún momento podía detonar en un estornudo. Sentí el olor cítrico de las naranjas al amanecer metiéndose por mis poros, dejándome sin aliento y calmando mi sed de la semana.

La hora pico nos puso tan juntos en el tren que la incomodidad de encontrarnos cuerpo a cuerpo como desconocidos se convirtió en risas cómplices cuando pasaron dos estaciones y al tren subía más gente de la que se bajaba.

Llevaba una falda de flores, una blusa negra, chanclas porque había aprovechado el fin de semana para pintarse las uñas, el cabello ensortijado te podía enredar los dedos y hacerte adquirir un compromiso de por vida, y los ojos avellana te hacían anhelar el sabor de la Nutella y morir de cáncer por su mirada. Cada peca era un punto a su favor para tenerla más cerca, para que la incomodidad no se hiciera presente y la magia fluyera.

Le ofrecí mis pies para que se parara en ellos y así la manada no le destruyera el trabajo del domingo, le ofrecí mi teléfono para cuando quisiera hablar. Lo escribí en un papel, con la mano izquierda, con el temblor del gusto y la curiosidad haciendo estragos en las placas tectónicas de mi cuerpo. Anhelaba volver a encontrarla por casualidad, violando las leyes de la intimidad pero con su consentimiento, agarrar su mano y pasear juntos por el frío del bulevar.

Nos bajamos en la misma estación, la sonrisa cómplice volvió a aparecer cuando tuvimos que remar contra la corriente para salir del vagón. Me tiró un beso con el aire, la perdí de vista escalón tras escalón.

Esa noche me llamó, me dijo que me había pensado en el silencio del cubículo de dos por dos en el que trabajaba, en el que contestaba teléfonos todo el día, en el que la vida se le iba. Me pidió que la encontrara en el mismo vagón, en la misma puerta, con la misma sonrisa, en la hora pico del día siguiente.

Nos despedimos, la noche se nos metía en los ojos y oscureció todo para hacernos soñar.

La soñé, soñé unirle las pecas con mis labios, hacer dibujos con mis dedos en su espalda y arrancarle mechones de pelo para venderlos como joyas en algún mercado persa, la acompañé a tragarnos el mundo en una moto acuática y desperté como si hubiera descansado unas tres semanas.

Me bañé y me perfumé, me medí casi cuatro camisas y tres pantalones antes de salir, quería dar una buena impresión, quería que la sonrisa se le dibujara desde el momento en que me viera, dejé los tatuajes al descubierto, la cresta inclinada a un lado, la música en su lugar. Llegué cabeceando a la estación, busqué el vagón, la puerta, la sonrisa y allí la encontré, ni el metro ni ella se retrasaron.

Ese día trajo unas baletas porque no quería hacerme daño con sus tacones, su cuerpo se acopló al mío como si lo conociera desde mucho tiempo atrás, sonreímos, nos apretamos, nos olimos, fuimos oasis en el desértico calor de la hora pico en un tren a reventar. La gente se quejaba, gritaba, maldecía, nuestra risa les incomodaba, no se explicaban cómo, ante tanto tumulto, una pareja podía ir feliz.

Esa mañana la vi desaparecer por las escalas, durante el viaje le leí algunos versos, le conté qué me gustaba. Ella sonreía, sonreía tanto, que yo sentía que con cada sonrisa me besaba con la mirada.

En la noche volví cansado, subí escalón tras escalón, la vi parada frente a mí con un regalo en la mano, la sonrisa en el rostro y el deseo de que fuera su compañía hasta la última estación. Conversamos, nos unimos, nos acoplamos aún más. Nuestros cuerpos se estaban acostumbrando a sentirse, a olerse, a disfrutarse. Sentí hasta el momento en que el primer suspiro salió.

Llegamos a la última estación anhelando no separarnos, pero tristemente llegó.

Al otro día, volví a vestirme bien, volví a sentirme vivo. Me perfumaba, me peinaba y me ponía zapatos que ella pudiera pisar para que pudiera viajar más cómoda cuando el tumulto se metiera en la privacidad.

Llegó puntual, con el metro. Su sonrisa esta vez se intimidó. Me saludó en la distancia mientras conversaba con un hombre, un hombre que cuando llegó a su estación de destino la besó.

No quise acercarme ni pedir explicaciones, no quise mirarla, me dolió. Nos bajamos juntos, como en los días anteriores, la seguí con la mirada, cuando escalón por escalón desapareció.

Hoy anhelo verla, aunque sea en la distancia, pero en silencio no va a poder ser. Evito mirarla y me voy en otros vagones, para que su cuerpo no me tiente más. Para sacar de mi memoria el olor de su pelo y que cada peca sea una razón para olvidarla.