Serendipia

Foto: Upsocial

-Necesito de tu compañía para llenar de tinta el papel- me dijo.

-¿Qué?- pregunté.

-Que te necesito a vos y a tus letras corrigiendo las mías- respondió.

Acepté.

Sus letras eran gritos en el vacío, en un vacío que llevaba varios meses llenándola, sus letras eran olvidos, suspiros. Eran salidas a lugares que yo nunca había visitado.

Escribía todos los días para recuperar la imaginación, yo la escribía a ella para imaginármela mejor. Cada gota de tinta en el papel eran pequeñas declaraciones, eran lugares comunes donde nos encontrábamos, a veces en silencio, a veces con sonrojos, a veces con sonrisas.

Trazábamos mapas y nos corregíamos, mirábamos al cielo y nos suspirábamos. Nos imaginábamos en el futuro y nos preferíamos. Nos íbamos a dormir y nos soñábamos.

Pero todo cambió, todo cambió el día en que quiso que yo fuera la tinta que quería en su piel.

Me sonrojé.

Aún no recuerdo cómo, ni por qué. Pero terminó escribiendo un texto sobre el valor. Sobre todo eso que necesitaba para aceptar los cambios, para cumplir algunas cosas que quería hacer. Yo la leí, la releí y la acompañé. Le dije que sí.

 

Le dije que sí a qué, no sé. Pero asentí y la acompañé.

 

Tal vez era impulsivo, pero era una de las muchas cosas que el corazón, por su culpa y su sonrisa, me obligaba a hacer.

-Tengo una idea- me dijo.

-¿Qué?- le pregunté.

-Acabo de conocer una palabra.

-¿Cuál?

-Serendipia- respondió.

 

Yo sonreí.

 

Buscamos el mejor lugar para encontrarnos, para escribirnos y leernos. Lo encontramos en algún lugar del centro.

 

Habíamos caminado como dos horas, de la mano, abrazados, sueltos. Habíamos caminado y mirado en las fachadas el lugar perfecto.

Entramos.

Nos saludó un hombre sonriente.

-¿Qué quieren hacer?- preguntó.

-Queremos hacernos tinta- respondió ella.

-¿Un retrato?- volvió a preguntar.

-No, palabras, una tras otra, tinta- respondió otra vez.

El hombre aceptó, encendió su maquinita y empezó. Primero iba yo, con mis miedos a las agujas y mi odio al dolor. Después, fue ella con su aire de rebeldía y su deseo de entintarse el cuerpo para toda la vida.

Ella mordió mis manos, yo me aferré al sillón. Ella sonreía y lloraba, yo golpeaba de dolor.

Éramos cobardes de la aguja, valientes del lápiz. Dispuestos a cambiar, pero indispuestos al hablar. Nos sentimos y nos abrazamos, agradecimos.

Salimos caminando con la tinta en nuestros cuerpos, con el dolor en la piel, con la idea de no volver.

Como la serendipia que decidimos tatuarnos, nos topamos con un lugar de tatuajes, un tatuador y un dolor. Como la serendipia nos habíamos encontrado alguna vez en las letras, en el viento, en el amor.