La soledad del diez

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Cuando emergió en el fútbol, el chico mostró toda la magia que tenía en los pies y, como Houddini, se calzó los guayos a diario para tener varios trucos bajo el brazo.

La pulga le decían algunos, tal vez por lo difícil que era cazarlo, o porque sus piernas eran tan rápidas que algo hacían para salir bien libradas con alguna de sus triquiñuelas de la lluvia de patadas a la que lo sometían siempre.

Llegó tímido y vestido con el treinta, pero siempre estuvo condenado a vestir la diez en la espalda. Y él, lleno de personalidad se la calzó y le quedó perfecta. Tristemente,mientras él lo hacía para convertirse en referente, quienes lo esperaban, con la cara pintada de celeste y blanco, querían convertirse en creyentes de su iglesia gracias a un milagro de sus pies.

Pero no era dios, porque no era de este planeta. Tampoco era milagroso, porque le faltaba el barrio que es lo único que hace milagros en la iglesia del balón.

Carecía de barrio, porque desde pequeño vivió en una granja dedicada a cultivar semillas como él, a miles de kilómetros de su casa, obligándolo a imaginarse los potreros de su barrio en cada tramo de césped perfecto en el que sus pies desplegaron un sinnúmero de trucos.

Los sabios de la pelota dicen que la camiseta diez pesa y que la Argentina pesa más. Tal vez por el Dios del Olímpo que en épicas batallas ganó en soledad un Mundial.

Gracias a él, La Pulga tuvo que sufrir la soledad de batallar contra gigantes sin ayuda de nadie. Incluso asumir la responsabilidad de perder un Mundial que no jugó.

Cada vez que se ponía la camiseta celeste y blanca le llovían las críticas alegándole la falta de barrio, la falta de amor.

Lionel, Leonel, hasta Leonardo (lo han llamado de muchas formas para convertirlo en una leyenda aún mayor), peleó como león cada vez que se puso la camiseta de su país, con el diez a la espalda, con la cinta de capitán en el brazo. Tímido, callado, dejaba que sus pies hablaran y llevaran a sus compañeros a darlo todo, así como lo hacía él. Pero eso no era suficiente. La gente no necesitaba el amor de once, quería que su soledad reflejara el amor que él no sabía cómo demostrar.  

Tristemente ha tenido que asumir todo él solo, pese a que son once los que se baten en el pasto para lograr la victoria. Tristemente, las críticas solo se centran en él cuando otros fallan.

Es que posiblemente no sea el Dios del Olímpo que fue el antiguo diez, pero es un diez que en su soledad ha llorado y ha aguantado el peso de la prensa, del país. Ha sobrellevado la responsabilidad de ser él solo quien represente a millones, ha superado cada obstáculo dejando cada gota de sudor en la camiseta, sangre en el suelo y magia en los ojos. Porque su magia, intacta, sigue ahí, deslumbrando a propios y extraños que lo sienten tan suyo, que saben del privilegio de verlo a él desplegar sus trucos con los pies, metiendo bolas donde ni los ratones encuentran madrigueras.

Fue así como la soledad lo maduró, el abandono lo llevó a volverse líder y referente. Rompió récords, demostró de qué era capaz, incluso sacó campeonatos adelante sin ayuda de nadie más. Pero tristemente la suerte, pero sobre todo la soledad, lo llevaron a perder títulos, porque los diez que lo acompañaban, no siempre estaban a su favor o no sentían lo que él sentía cada que se ponía la camiseta de bastones, la que soñó vestir de niño, la que quiso vestir cuando pudo escoger otra.

Esa soledad lo empujó a un banco de suplentes la noche en que la suerte no lo acompañó. Lo empujó a vivir la tristeza de sentirse solo. Lo empujó por el abismo de haber defraudado a un país. Lo llevó a que sin ganas, cansado por la derrota y sobre todo por el abandono, entre lágrimas de tristeza y decepción, para lo que más quería, el diez dijera adiós.