Cuentos
Salvación

Salvación

Foto: Diane Arbus

Llevaba cerca de una hora esperándola. Cuando llegué al lugar donde nos habíamos puesto la cita, llovía a cántaros y sabía que se retrasaría por el caos que representa un aguacero para Medellín.

Saqué mi libro, una libreta para tomar apuntes y un lapicero morado. Esperar nunca se me hace aburrido, menos si me avisan que hay retraso. Ella me lo advirtió.

Cuando llegó, lo hizo de la forma en que menos lo esperaba. Me hizo una llamada para preguntarme dónde estaba, pero sin dejarme contestar me dijo que ya me había visto. Miré en todas las direcciones y la vi tras de mí.

Llevaba una camisa a rayas, un leggins negro y una sonrisa cautivante, contagiante. +

-Yo invito al café porque me retrasé- me dijo.

Yo sonreí. Le pedí que se sentara y que esperara un poco, aún no era necesario que nos tomáramos algo.

Nos sentamos frente a frente, le vi la torcedura en la nariz, los ojos cafés, los pómulos grandes. Ella posiblemente vio la imperfección de mis dientes, ambos quebrados, me vio el pelo enmarañado y la ropa sucia. Nos sonreímos y hablamos de la vida, de los sueños, del trabajo. Yo sentía cómo la escala Richter no tenía medición en mis piernas. El corazón me palpitaba muy fuerte y el vértigo en el estómago parecía que me hubiera lanzado volando desde un avión sin paracaídas.

No quería mostrarle todo lo que tenía, pero sería insensato de mi parte negarle que me pareció atractiva, que posiblemente la quería el resto de mis días siendo un bulto a mi lado mientras dormía y siendo el café amargo de la mañana que me tomaría si ella lo servía. Le hice chistes y nos miramos, la gente que visitaba el centro comercial en el que estábamos nos miraba, podríamos pasar como una pareja de enamorados que se disfruta a palabras constantemente.

Me dijo que fuéramos por café a una de esas cadenas que yo odio, que sirven el café frío y con más cremas de colores que café de verdad. Pedimos el mismo porque yo no conocía nada de lo que vendían allá y ella, en cambio, tenía tarjeta de puntos de cliente habitual.

Nos volvimos a sentar en una banca, con los árboles cubriéndonos. Nos reímos y nos recorrimos la vida, dejamos que el tiempo se muriera en cada palabra que nos dijimos, le sonó el celular y todo cambió.

-Tengo una reunión- me dijo.

-¿Ya?- respondí.

-Sí, en diez minutos, pero no quiero ir, quiero quedarme con vos. Si algo te escribo para que me salvés- me agregó.

Seguimos hablando otro poco, me contó de sus alegrías y sus depresiones, yo le conté de mis ganas de morir, de mis miedos, de las persecuciones que sentía cada tanto. Nos reímos. El teléfono volvió a sonarle.

-Es hora- me dijo- deme un beso en el cachete.

-Está bien- le dije mientras acerqué mis labios a sus mejillas.

-Ahora, escribí un cuento sobre esto- se rió.

Yo me reí y la vi desaparecer en el tumulto de gente. Volví a leer el libro que estaba dejándome notas para alguna novela nueva, volví a pensarla como si aún la esperara.

A los diez minutos me escribió al Whatsapp para decirme que estaba en una plazoleta del mismo centro comercial tratando de agarrar Wifi robado, que estaba aburrida, que fuera a rescatarla, pero que no sabía cómo decirle a la persona que la acompañaba que no quería estar más con ella, que qué se me ocurría.

Le escribí que me dejara todo a mí, que algo podía caer del cielo. Que en diez o quince minutos iba por ella.

Envió una carita feliz, como todo hoy, que se resume a una carita feliz dibujada en un chat. Somos más caras felices de mentiras que felicidad real.

Yo salí a caminar por el centro comercial buscando la plazoleta donde me había dicho que estaba. Busqué algo con qué sorprenderla, la vi a lo lejos, no encontré nada que pudiera ser sorpresivo para la persona que la acompañaba.

Subí cerca de tres pisos por las escaleras eléctricas, miré hacia abajo y las vi a lo lejos, sentí la adrenalina que había sentido cuando la vi sonriente tras de mí, tomé impulso, di un salto y me dejé llevar por el viento. Fueron milésimas de segundo, pero como se lo dije, caí del cielo como solución a su situación.

La rescaté. No sé si gritó o qué, pero al menos la saqué de la reunión en la que no quería estar y la tuve por más tiempo para mí.

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