Cuentos
La ciudad abandonada

La ciudad abandonada

Foto: Diario Q’hubo

Era el último de miles. De millones. Subió en el carro, llegó al mirador de Las Palmas, se bajó, sin quitarse la máscara miró hacia el valle, hacia ese paisaje que había unido a muchas parejas en un polvo inolvidable, un chocolate caliente o un chorizo grasiento, miró hacia el valle y no reconoció nada, no vio nada. La niebla no lo dejó.

Miró hacia el valle y lloró.

En ese momento, no sabía si lloraba por tristeza, por nostalgia o por la polución.

La negligencia, el egoísmo y el orgullo de los habitantes del valle llevó a ese final de lo que alguna vez fue considerado el mejor vividero del mundo. Muchos prefirieron la comodidad de ir en sus carros, así fueran solos con un radio a todo taco y el aire acondicionado en el más alto nivel. Otros prefirieron no cambiar sus formas de fabricar productos y llenaron de humo cada vez más tóxico el ambiente.

Desde el gobierno cada solución era un paño de agua tibia, generalmente llegaba cuando los ojos ardían, la nariz molestaba y la garganta no dejaba hablar. Siempre hablaban de querer el medio ambiente y trabajar para él, pero cada día que pasaba se cortaba un árbol para erigir un poste de concreto, se talaba un bosque para construir una urbanización con el nombre de los árboles que predominaban allí. Nos llenamos de bosques de sauces anaranjados, de guayacanes grises y de almendros incapaces de dar frutos, árboles de los que solo brotaba gente cada tanto, gente y carros, y caos, y egoísmo.

La primera alerta roja se había vivido en el dos mil dieciséis, la última diez años después. La gente decía siempre que todo eran dramas de los ambientalistas que exageraban una tos, pero cuando la gente empezó a morirse con mayor frecuencia por problemas respiratorios, cayeron en la cuenta de que era necesario.

Siempre se dijo que se gobernaba para las personas y esa fue la justificación para acabar el barro en los pies que producían las zonas verdes y las montañas, para llenar de adoquines grises y amarillos el suelo. El alcalde se rió diciendo que ponían adoquines amarillos para que sintiéramos los guayacanes florecidos todo el año. Se sembraron plantas que no superaban el metro de altura y eran más ornamentos bonitos que soluciones reales. Los árboles más altos empezaron a ser inflables que ponían los centros comerciales en su interior para que los niños tuvieran el recuerdo de lo que fueron, las zonas verdes: césped sintético hecho con las sobras de llantas de carros, césped que también inundaba el piso de muchos techos de edificios, de casas y algunos lugares que invitaban a hacer picnics de mentiras.

Y las personas siguieron, felices, comiéndose el cuento de que eran los más felices, viviendo más tiempo en los embotellamientos de cada minuto en cualquier calle de la ciudad, calles que se volvieron intransitables, pues los carros que no estaban dentro del trancón era porque estaban parqueados en plena calle, ocupando la mitad de un carril.

Muchos esperaban soluciones de otros, pero no querían ser parte de ella. Así que mientras gritaban que los ayudaran, buscaban hundirse más para morir ahogados sin que los puedan salvar, para así tener a quién culpar.

Y eso fue lo que pasó: la gente empezó a morir ahogada, la comida en la calle ya traía en su interior uno que otro bocado de polución, así que comer basura se volvió normal. Pero con los muertos, la decisión no fue restringir nada, sino simplemente abandonar la ciudad, sin buscar cómo salvarla.

Los que se atrevieron a huír primero, agarraron sus carros y se fueron lejos porque no querían que los bajaran de ellos y, menos, morirse sin poder usarlos. Los segundos fueron los empresarios que al ver que sus fábricas estaban vacías de empleados, decidieron irse con su dinero y su ambición a contaminar otros valles.

Y así se fue quedando la ciudad sin gente, llena de humo, calor y enfermedades. Así se hizo tristeza y oscuridad, así hizo llorar y doler, así fue indolencia y tristeza.

Fueron muchas lágrimas que se detuvieron en la máscara, que le inundaron el lente, que le nublaron la vista. Fue así como le dijo adiós a lo que quedaba de su ciudad, dándose golpes de pecho por no ser solución sino hasta que tuvo que abandonarla.

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