Cuentos
Disautonomía

Disautonomía

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Se recostó a mi lado, me dijo que parara. ¿Por qué? No sé. O bueno, ya lo sé. Pero en ese momento no sabía qué pasaba.

Desde hacía unos días habíamos decidido caminar juntos por las vías de dos pueblos cercanos, tratando de hacerle el quite al caos de los trancones, tratando de olvidar que éramos humanos.

Ese día, no sé si era porque íbamos muy rápido o porque simplemente se nos quedó algo, ella me pidió que paráramos un rato, que no se sentía bien, que se le habían ido las luces y que la esperara. Yo busqué un poco de agua para tratar de cambiarle al menos el color del rostro. A uno no lo preparan para esas situaciones, a uno no le dicen: “Cuando alguien sienta que pierde el aliento, lo cargás y lo llevás a la clínica a que le hagan exámenes”. No. Así que me senté a su lado, le dije que esperáramos, que no teníamos afán.

Le besé la frente, no sé por qué ante las adversidades de la enfermedad, todos nos sentimos padres y dejamos de ser amantes. Le besé la frente.

Esperé diez minutos en los que le escribí poemas en los que hablaba de las calles sucias y ella tirada en el suelo, le conté chistes sobre gente más pálida que ella, hasta le dije que iba a hablar con Tim Burton para que la tuviera en cuenta en el casting de su próxima película. Ella se rió, sonrió. Se rió estruendosamente, como procuraba llenarme los oídos. Sonrió con la nobleza que le enseñaron sus padres y los días fríos.

Le di mi mano, como Aladdin lo hizo alguna vez con la Princesa Jazmín para subirla a la alfombra. Le di mi mano y la ayudé a parar. Me sonrió. Nunca la había visto así, pálida, descompuesta. Intenté tomarle el pulso y ni en el cuello, ni en los brazos pude sentir su sangre bombear. No me atreví a tocarle el corazón.

Caminó lento y cansada, sintió asfixia y le presté mi inhalador. Me dijo que dejara de ser pendejo, que no era asma, que no se podía curar con eso, en un abrazo me pidió que le acelerara el corazón, que era disautónoma, que necesitaba emociones fuertes, una montaña rusa de pasión.

Me quedé mirándola, frente a frente, con el bullicio del pueblo, con la sonrisa en el rostro, con la lividez a flor de piel.

Ella sonrió, me dijo pendejo, que siguiéramos, que dejara de ser bobo, un montón de qués que se sintieron frenados en seco cuando le dije que la quería, que no me volviera a meter un susto de esos, que si iba a estar derritiéndose como mantequilla en la plaza del pueblo, no podía volver a ponerse falda.

La besé.

El rubor volvió a sus cachetes, sentí como el corazón le latió fuerte. Entendí que, para que pudiera moverse, simplemente necesitaba de una buena frase, un beso sincero, una canción de punk estridente.

Desde ese día no paramos en los pogos, salimos a retar el centro de la ciudad después de la medianoche, caminamos de su oficina a su casa, tratando de no pisar líneas, buscamos que el silencio sea cómplice y que su corazón no se sienta débil por mi ausencia o por la velocidad a la que la tranquilidad nos lleva.

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