Cuentos
Besos y trofeos

Besos y trofeos

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En la adolescencia cuando el corazón se empieza a desarrugar y a dejar que las palpitaciones se aceleren, apareció ella. Teníamos la misma edad pero las hormonas buscaban otros asuntos más allá del amor.

Yo la veía en la distancia. Ella vivía ignorando mi presencia. Pero la miraba y la miraba todos los días mientras pasaba, con su cabello negro y su sonrisa gigante que le llenaba de armonía el rostro, que la hacía perfecta. Conocía sus lugares favoritos y su gusto por el pastel de pollo con Coca Cola. Sabía cada cuánto se reía y cómo se le ruborizaban los cachetes cuando le decían un piropo. Iba un grado más adelante que yo.

Recuerdo que el día en que supe cómo se llamaba los ojos me brillaron. ¡Cómo la de Sábato! me dije, y esa misma noche volví a darle lectura a Sobre Héroes y Tumbas para tenerla en mis manos, mi mente y mis labios todas las noches. Ella no sabía, pero en silencio, cuando la miraba, deseaba que no fuera tan cruel conmigo como la Alejandra de la novela con su padre. Aunque no tenía razón para ello, como la Vidal de la novela.

En mi grupo de amigos era la sensación. Todos sentíamos que el tiempo se detenía cuando pasaba frente a nosotros. Todos anhelamos, durante tres años de nuestras vidas, un beso o al menos unas palabras de cariño que salieran de su boca. Ella era el trofeo que todos anhelaban en una colección de besos.

La seguí observando hasta que se graduó, es más, fui a su graduación sólo para perderme en su sonrisa por última vez.  

Y creí que era la última.

Crecí con el recuerdo de su sonrisa, perdiéndome en otros labios y otras miradas. Sumergiéndome hasta el cuello en la alegría de otras, siendo feliz. Fui trofeo y beso sincero de muchas, fui el más grande deseo y la más triste perversión de todas.

Hasta que el tiempo, ese mismo que desgasta la sonrisa, que sorprende con su rápido pasar, me volvió a devolver la sonrisa de la infancia.

Trabajaba como todos los días, incansablemente inventaba sonrisas para otros con historias inventadas. Ese día apareció delante mío una sonrisa que no tuve que inventarme. Me dio la mano, me saludó y me habló.

Yo quería recordar de dónde la tenía presente. En silencio volví a decirme quién era, volví a recordar a Sábato, volví a releer Sobre Héroes y Tumbas. Sabía quién era ella, ella no sabía quién era yo.

Una tarde, de esas en las que escribir era mi labor, estaba tratando de imaginar algo, sacando ideas de donde nadie las espera, volví al colegio y ella escuchó.

-Yo estudié allá- me dijo.

-Sí, lo sé- le afirmé.

Su sorpresa fue saber que yo sabía, rememoramos épocas, esas que siempre se llevan en el alma. Encontramos amigos en común y sonrisas compartidas en la distancia.

Y a partir de ahí empezamos a sonreír juntos. Todos los días, porque la cotidianidad de vernos nos iba a detonar en el corazón.

Allí,  donde trabajábamos rodeados, ella también era trofeo para todos. La miraban mover su pelo largo, su sonrisa, su esbeltez de un lado a otro, la deseaban en los labios y la cama. Querían sumergirse en su deseo. Yo solo quería su sonrisa, su sonrisa sincera.

El corazón detonó la noche de la borrachera.

Compartíamos un momento, un camino y tal vez dos o tres porros. La cerveza se interponía entre nosotros. Estábamos rodeados, como siempre. Los compañeros de trabajo veían cómo nos sonreíamos, cómo los suspiros se convertían en nuestro lenguaje. De la cerveza pasamos al aguardiente y luego, de la nada, aparecieron una botella de vino y otra de tequila.

No éramos nosotros, aunque el corazón dijera lo contrario.

-Quiero besarte- me dijo.

-No- respondí.

-¿Me estás diciendo que no?- preguntó.

-Sí- volví a responder.

-¿Me estás diciendo que no a mí?- volvió a preguntar.

-Sí- seguí insistiendo.

En ese momento nos pasmamos, nos quedamos mirándonos y decidimos pasar con agua ese trago amargo.

Lo que no sabíamos era que ambos anhelábamos ese beso, yo desde la adolescencia, ella desde hace poco menos. Pero yo no quería que fuera un trofeo que llegara en medio de la borrachera.

Por eso dije no, porque no quería que sus labios me supieran a alcohol, pero sobre todo porque no quería que ese beso fuera un vago recuerdo navegando en la laguna de estar embriagados. No quería contarle a todo el mundo que había besado a un trofeo, frío. Además, no era como lo había soñado.

De todas formas, ese beso negado nos sirvió para acercarnos más. Para compartir más tiempo juntos, para sonreírnos, para dejar de ser trofeos y terminar siendo besos sinceros representados en tardes compartidas, en silencios incómodos, en miradas cómplices. Aunque nuestros labios no se han acercado, yo siento que su sonrisa seguirá acompañándome siempre y me besará el día menos pensado en la sobriedad que deja una tarde lluviosa.

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