Viejas andanzas
El motel más caro

El motel más caro

Esta historia no me pasó a mí, pero me la sé enterita. Eso sí, se las voy a contar en primera persona para que la sientan más cercana.

Yo me enamoré y conseguí una novia. No se imaginan, era una muchacha bonita, de buena familia, estudiante universitaria, llena de sueños. Su familia tenía varios negocios, algunos más rentables que otros. Unos de comida y otros unos comederos muy buenos: siempre estaban llenos.

Pues su hermana, la mayor, era administradora de un motel y vio que éramos jóvenes, llenos de hormonas y cargados de pasión. Por ese motivo decidió regalarnos bonos hasta del cincuenta por ciento en su motel. Y nosotros felices. Muy felices.

Y bueno. Como conejos aprovechamos esos bonos. Teníamos sueldo de estudiantes, entonces caían como anillo al dedo.

Todo iba muy bien hasta que un día decidí aprovechar los bonos.

Llegamos al motel y empezamos en lo nuestro. Como si no hubiera fin, ni mañana, ni nada. La cosa es que ella me dijo que quería hacerlo en el jacuzzi que porque nunca lo había hecho. Y yo acepté con toda porque uno va a probar.

Y empezamos a llenar el Jacuzzi y siga con el jueguito mientras eso se iba subiendo, puro toque toque, y esperemos a ver.

Ella se encontró como una cosa de jabón para hacer burbujas y espuma. Y se la echó al agua. Y bueno, hágale sin mente.

Pusimos el condón, porque usted sabe que uno no está para mantener muchachitos. Y nos metimos allá.

Eso sí, ella me hizo una advertencia: el condón no se puede mojar con el agua, porque se rompe y ahí sí jodidos.

¿Entonces qué tocó? Pues sí señores, elevar la nalga y dejarla por fuera del agua y hacerle así. Era una cosa demasiado extraña. Tan extraña era que en un momento empecé a sentir un dolor que me bajaba por la espalda hasta la nalga derecha. Y fue tan insoportable el dolor que grité y ella creía que me estaba gustando. Hasta que ya, me quedé quieto. Y ella creyó que se había acabado todo. Pero yo empecé a chapalear hermano. Me dolía demasiado. Ni me podía mover.

Me dejé caer en esa cosa que burbujea y casi me ahogo porque estaba muy llena. Ella no sabía qué hacer. Creía que estaba feliz. Pero apenas vio que me estaba ahogando en serio, corrió a buscar el tapón de eso para que desaguara.

Yo empecé a gritar de dolor y ella me decía que qué me pasaba y yo le decía que me dolía, pero ella no entendía qué me dolía.

Cuando ese desagüe se llevó el agua, quedé yo ahí, indefenso, viringo, y ella me miraba desconsolada. No sabía si reírse o llorar.

Dejamos que el tiempo pasara, a ver si se pasaba el dolor también. Pero no. Una hora y yo ahí tirado en ese jacuzzi, sin poder moverme.

Le dije, casi llorando, que pailas, que llamara a la recepción y dijera que nos pidiera una ambulancia, porque solo podría salir en camilla.

Ella se puso colorada. Me dijo que cómo se me ocurría salir con eso. Que como fuera me montaba en el carro. Yo era pesadito. Así que desistió rápido y aceptó llamar a la recepción.

La ambulancia llegó como a la media hora. Ella como pudo me vistió. A las carreras, pero me vistió.

Cuando llegó la ambulancia, por protocolo, pues debe entrar con personal administrativo del lugar. Y pues, sí señores. Entró la hermana.

Y me vió ahí, indefenso, retorciéndome de dolor. Me miró con cara entre odio y lástima. Se rió. Le dijo a los médicos que me llevaran.

Esos tipos me cogieron y me montaron en una camilla y me sacaron de ahí. No sin antes, la “cuñada” hacer la siguiente pregunta: ¿Niña, usted sabe que él tiene novia y es la hermana mía?. Fue así como perdí un polvo, una novia, una amiga y bonos para moteles.

 

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