Opinión

Recuperar la Fe

“Me parece muy extraño que diga que fue bonito que le dedicara el libro a Dios, si eso no es bonito”

Esa fue la frase que dijo un hombre al fondo de la sala, excusándose porque su comentario podía estar fuera de lugar por no haberse leído el libro y extrañado de que José Guarnizo, su compañero de trabajo que no cree en Dios, le hubiera dedicado su más reciente obra a ese ser.

La discusión se dio porque Ana Cristina Restrepo, quien estaba allí para presentar el libro junto a Jose, sin tilde por la confianza, y Alonso Salazar, dijo que le parecía bonito que “Extraditados por error” fuera dedicado a Dios.

Dios es el personaje que hila la historia, el ser omnipresente que le sirve de mano a todos y cada uno de los personajes que confluyen en este libro que en cerca de doscientas páginas te atrapa y te da una bofetada para ponerte la realidad al frente y decirte: “Mirá, a vos te puede pasar”.

Dios, es también el personaje del que hay que hablar luego de leer la novela, sobre todo para darle la razón al autor, sobre todo para ver su nobleza y su humildad al dedicárselo a él, aunque no de manera religiosa, sino más como un deber moral con sus personajes.

El golpe que te da el libro es tan sincero, tan triste y hasta tan alegre, que vos no sabés en qué momento acabás de leerlo, incluso a veces te reís de todas las situaciones que viven los personajes porque parecen sacadas de una caricatura, pero no, son cosas que les pasaron en realidad y eso hace mucho más crudo el relato. Porque sí, Gabo tal vez se inventó el realismo mágico, pero la verdad es que nosotros los colombianos somos realismo mágico.

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Solo a Gabriel Consuegra lo extraditan por vender 150 plátanos verdes; a Ortega lo extraditan por cancelar la venta de un avión; a Margarita la extraditan por decirle que sí a todo lo que le preguntaban, a veces con ingenio para no ensuciarse y otras con incomodidad para no ser grosera; y a Ñoño lo extraditan por llamarse como su papá.

Éste relato periodístico, que puede ser una crónica o también una novela, que fue escrita en un baño en Estados Unidos, que tuvo que aguantarse el olor a mierda de las calles de Villanueva en Barranquilla y tomar café con expilotos comerciales, es tal vez un retrato de la injusticia que se vive a diario, de una realidad tan cruel que lleva a que paguen justos por pecadores.

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Es además una crítica a ese papel que desempeña Colombia como estado frente a Estados Unidos y su lucha contra las drogas. Donde los habitantes del primero son regalados al segundo para que sea éste el que ejerza la justicia sobre ellos, sin importar si están equivocados, si son inocentes los juzgados o si simplemente no son las personas que en realidad están buscando.

El libro tiene en su interior unos colores muy opacos porque los personajes, pese a que son muy pintorescos, en el momento en el que les cae la ley estadounidense con todo su peso pierden su color y se vuelven grises como las cárceles o beige como los uniformes que les ponen cuando cruzan la puerta de entrada, eso sí, cada uno sigue siendo, alegre, extraño, sonriente y hasta feliz, gracias a un apoyo espiritual que usted puede llamar como quiera, pero que fue el causante de la discusión que narré al principio. Lo bueno de todo esto es que el libro se aviva con el color naranja de su tapa, color que se ven obligados a vestir los personajes cuando están castigados y que tal vez les dio la fuerza para aguantar lo peor sin importar que estuvieran muriéndose por dentro, sintiéndose perdidos, incluso sin hablar ni una sola palabra en inglés metidos en un pabellón en el cual afloraba la violencia; para incluso terminar disfrutando de algunas de esas peripecias y cumpliendo sueños, que mal que bien, fueron sueños cumplidos.

Es por esos apegos inmateriales que tienen cada uno de los personajes protagonistas de estas cuatro historias, que se discute por qué Jose le dedica el libro a Dios, porque sobre todo, cuando vos lees el libro sentís que perdés la fe, puteás al país, pero pese a todo, recuperás la fe junto a cada uno de esos cuatro sujetos que lo perdieron todo o más de lo que no tenían por un error judicial o por llamarse como alguien y que tal vez fue eso lo único que no perdieron, una fe que para muchos de nosotros puede ser inexistente, pero que a ellos los mantuvo firmes, incluso cuando se vieron caer.

Es así como Jose, quien ya había sorprendido al país con una crónica como “La patrona de Pablo Escobar”, vuelve a sacar su ojo periodístico y logra algo que en una conversación me dijo: “Yo quiero que usted se ponga en los zapatos de ellos” y sí que lo sentís, porque no querés soltar el libro.

Así que si usted quiere sumarse a la lista de los que decimos “Nos leímos ‘Extraditados por error’ en dos sentadas”, debería sacarse la plata del bolsillo, ir a la librería más cercana y comprarlo, porque le aseguro que será uno de los ratos más amenos que usted pasará mientras odia y putea a la realidad.  

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