Viejas andanzas

Ojos que no ven, corazón miope

miopia

Foto: http://www.saludvisual.com

La protagonista de esta historia es la mujer de los siete mil pesos. Ella y yo no teníamos futuro.

No teníamos futuro y aún así lo intentamos porque uno es pendejo y cree en eso de “los polos opuestos se atraen”, pero no.

Hay que empezar contextualizando que yo soy muy malo para acordarme de las fechas y eso de celebrar meses nunca ha sido mi lado más sensual.

Ella tenía anotado con alarma en el celular el día que cumplíamos meses, era lo único que no se le olvidaba. Y siempre me lo echaba en cara.

Entonces como “pareja estable” que éramos, y para evitarme problemas, le dije que me recordara y así íbamos a comer cada día de esos.

Era un día del 2007, ya no me acuerdo qué fecha, llovía mucho, cumplíamos siete meses. Sin un peso en mis bolsillos, fuimos a Oviedo.

Para los que no sepan, Oviedo es un centro comercial acá en Medellín donde la gaseosa vale cuatro mil. Y yo en esa época no ganaba nada.

Vivía con cuarenta mil pesos a la semana y de ahí sacaba plata para mis pasajes y los de ella. Si, yo le pagaba los pasajes a ella.

Entonces, el plan era ir a comer. Tuve que ahorrar como diez meses para invitarla a Oviedo, que estaba antojada y por los siete meses.

La cosa es que íbamos a comer a Sandwich Cubano y de ahí, nos íbamos para su casa porque no había plata.

Estaba lloviendo, íbamos a buscar el sitio para comer, de la mano, como un par de enamorados. Dándole una vuelta al centro comercial.

Vimos una exposición de empaques de una Universidad local y nos reímos porque todos los conocíamos y nos parecieron plagio. Y seguimos.

De repente, algo pasó. Ella me soltó la mano y se puso seria, se cruzó de brazos. Yo le pregunté que qué pasaba y ella me dijo que nada.

En este punto les digo que soy un idiota, a mi me dicen que no pasó nada y pues si, para mi no pasó nada y sigo normal.

Ella no había almorzado y yo tampoco. Así que seguí buscando el lugar de los sánduches hasta que al fin lo encontramos. Pedí la carta.

Me senté y me dijo: “yo no quiero comer nada, vos verás qué comés” Yo me sorprendí y le pregunté que por qué, que qué pasaba.

Volvió a decirme que nada, pero este idiota reaccionó y le preguntó que qué era la vaina. No dijo nada, se paró de la mesa y me dejó ahí.

Yo, como un idiota enamorado, salí tras ella. Lo más teso de todo es que fuimos caminando, caminando, hasta que llegamos a un paradero.

Yo sabía que estaba enojada y sabía que se iba a ir para su casa, pero no, el paradero era de buses para mi casa.

Ella se montó en un bus para mi casa. Yo me monté detrás. Pagué los dos pasajes y nos fuimos, serios y en silencio.

Ella, que se había adueñado de mi iPod hacía un par de meses, lo sacó y se lo puso. Yo le pedí un audífono y no me lo prestó. Era grave.

Llegamos al lugar donde nos bajábamos y ella en su seriedad, no dijo nada y siguió hacia el frente.

Yo cada tanto le preguntaba que qué le pasaba y ella ni me escuchaba o me respondía que nada. ¿Qué habría sido tan grave?

Cuando llegamos a mi casa, mi mamá que es muy buena gente la saludó de pico y ella toda sonriente le dijo que estábamos re bien.

Yo vivo como en el Ático de mi casa. Ella siguió derecho y subió a mi cuarto. Mi mamá me preguntó que qué pasaba. Yo respondí como ella.

Entró a mi habitación, prendió el televisor, puso el canal que le gustaba: en el que dan partos todo el día. Y se acostó en mi cama.

Yo me acosté a su lado, la fui a abrazar y no, perdiste. Me quitó las manos y se paró. Ahí si la frenteé.

Le dije que qué pasaba. Ella me miró y se puso a llorar: “¿Cómo que qué pasa?” me dijo llorando, “¡Dejá de ser perro!”

Yo estaba como confundido. ¿Perro? ¿En qué momento? me dije a mi mismo y luego se lo dije a ella. “¿Cómo que en qué momento?” me respondió.

“Pues, si querés te comés a esa vieja de Oviedo”, me gritó. “¿Cuál vieja de Oviedo?” le pregunté. “Pues a esa que estaba como te gustan a vos.”

Yo me quedé en silencio. “¿Cómo me gustan a mi?” le pregunté. “Así, pelinegras, achinadas, tetonas, como te gustan a vos”, me dijo.

Yo no sé de dónde sacó ella ese concepto de mi mujer ideal. El caso es que me dijo: “así era la que te quisiste comer en Oviedo”.

“¿Me quise comer? ¿Cómo así? ¿A quién?” le pregunté. Yo en realidad estaba sano, no sabía de qué estábamos hablando. Ella lloraba a cántaros.

“Yo lo único que me quise comer en Oviedo fue ese Cubano Mexicano que iba a pedir, nada más”. Le dije. “Y a esa vieja de esa tienda”, dijo ella.

“¿De cuál tienda?” le pregunté. “A la que te quedaste mirando en esa tienda, con la que me ibas a poner los cachos, pero que donde no te vea sos capaz de besuquearte con ella delante mío como si yo no existiera”, me dijo. Yo me sorprendí. “Vos sos un perro”. Insistió. “UN PERRO. Me ibas a poner los cachos y yo dizque feliz celebrando los siete meses con vos. Yo dizque toda enamorada y vos mirando otras viejas”.

Yo no soy explosivo, no reacciono mal ni nada, pero ese día algo pasó y le dije algo que no se me olvida. Tomé aire y traté de arreglarlo.

Le dije, “Mirá no me digás perro, que si alguien en esta relación puso cachos, fuiste vos (eso había pasado) Y el pendejo fui yo, que seguí ahí como un pendejo detrás de vos, y mirá cómo me estás tratando”. Ella se llenó de odio y se puso digna. Me miró a los ojos y me dijo: “Ah, con que así son las cosas. ¿Sacando todo en cara? Respetame que estas no son horas para sacarme eso en cara, además vos la cagaste.”

¿Yo la cagué? le pregunté. ¿Cuándo?. Ahorita en la tarde, me dijo, en Oviedo cuando me ibas a poner los cachos con esa vieja.

Ella, dignísima y ofendidísima, cogió el bolso y se fue. Yo ya no la iba a seguir. Que se vaya sola, problema de ella.

Y se fue. Como a la hora, llegó a la casa y se conectó. Yo estaba haciendo unas ilustraciones. Me dijo que estaba en casa y que estaba bien.

Yo no sabía qué pensar. Me dijo que pensara bien las cosas, que me acordara de la vieja y que escogiera si estar con ella o seguir nosotros.

En ese punto, yo creo que mi miopía me traicionaba, yo no usaba gafas en esa época y nunca vi a la vieja. El caso es que si, pedí disculpas.

Y casi que no me perdonan por haber visto a la vieja que nunca vi. De ahí en más, fueron doce meses más de aguantes y escenas de ese tipo.

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